Piernas al hombro

Lulú Petite sexo sexualidad
Lulú Petite
26/03/2019 - 05:18

Querido diario: Tendida con la espalda arqueada al borde la cama, me dejé hacer con las extremidades flojitas para que Juan Luis pudiera hacer conmigo lo que quisiera.

Después de apoyar mis pantorrillas en los hombros, compartimos una mirada cómplice y sonriente mientras él arrancaba uno de los bordes del empaque del condón con los dientes. Lo observé desde abajo mientras se preparaba para penetrarme. 

Él atinó a besarme un tobillo luego de terminar con lo suyo, viajando con los ojos hasta mi mirada atenta. Nuestras pupilas se encontraron en el momento justo en que su pieza se abrió camino dentro mío. A algunos hombres les excita mirar la cara que pongo cuando me la meten.

Yo sonreí, sintiendo el roce de la cabeza de su miembro contra mis labios húmedos. Gemí después, mordiéndome el labio inferior cuando el grueso de su erección me iba separando de a poco las paredes del sexo. Dios, qué maldito. Las penetraciones lentas son lo peor y lo mejor del mundo.

—¿Te gusta? —me preguntó en voz baja, casi sin aliento, pero no logré contestarle porque en ese instante se introdujo en mí hasta el fondo de un solo empujón. El movimiento me anuló buena parte de las sensaciones en las piernas, y por instinto me apreté las tetas mientras gemía. Mi cerebro ni siquiera registró su pregunta. Juan Luis juntó mis dos piernas sobre su hombro derecho y procedió a impulsarse adentro de mí, una y otra vez, en un vaivén tenso de atrás hacia adelante que puso el colchón a rechinar en segundos.

Yo me dejé llevar, retorciéndome una vez más con la espalda arqueada y recubierta de sudor. Las estocadas eran lo suficientemente duras para ponerme a gemir, con mis labios temblorosos y mis ojitos casi en blanco, pero lo mejor era verlo a él, arremetiendo como fiera contra mi sexo. Abrazado con ganas a mis piernas, moviéndose duro y, de pronto, bajaba el ritmo para penetrarme despacio, y entonces yo lo oía resoplar mientras a mí se me ponían los ojos en blanco por la caricia lenta de cada centímetro suyo adentro de mí.

Después de apoderarse de mis caderas para impulsarse con otro par de embestidas, Juan Luis se salió de mí por completo para apoyar su maciza erección sobre mi monte de Venus. Siguió empujando levemente, lo suficiente como para frotarse contra la piel de mi vientre, pero lo que logró fue poblarme el cuerpo de escalofríos con la visión del espacio que lograba ocupar en mi vagina. Un orgasmo fulminante me llevó al cielo.

Lo oí suspirar cuando su sexo iba sintiendo mi lengua, y comencé a comerme su erección hasta que lo escuché gemir aliviado mientras expulsaba su semilla.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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