Encuérate lento

"Una nueva ola caliente de flujo me bajó hasta la cara interior de los muslos”
Lulú Petite
11/10/2018 - 05:18

Querido diario:  Me pidió que me desnudara despacio frente a él, así que me saqué el vestido por las piernas. La tela negra se deslizó por mi piel bronceada con un contoneo de caderas exclusivo para su vista, y complacida me percaté de que ya se había bajado la cremallera del pantalón. Mi único espectador reposaba sentado al borde de la cama, y se sostenía erguido con un brazo apoyado sobre las sábanas.

—¿Te gusta?—, le pregunté pícara con respecto al diseño de mi lencería de encaje, oscura y a juego con la prenda que me acababa de quitar, como si fuera eso lo que realmente captaba su interés. 

—Me encanta— fue su respuesta. Él había comenzado a masturbarse. Tenía una mirada penetrante que oscilaba entre mis tetas, presionadas contra el sujetador, bajaba por la línea de mi abdomen y terminaba por perderse en el valle de mi entrepierna.

Me observó salir del vestido y dejarlo en el suelo con dos pasitos sutiles, bien montada arriba de mis zapatos de tacón alto y, como lo vi tan inspirado en el arduo trabajo de menearse la erección de abajo hacia arriba, prolongué el espectáculo un poquito más. Me di la vuelta despacio, como para mostrarle todo el conjunto, siempre sonriéndole en complicidad, y una vez de espaldas a él me acomodé el cabello sobre un hombro para desabrocharme el sostén. 

Me robé unos segundos con el fin de acariciarme los pechos tibios, ahora libres de la presión de la ropa, y suspiré audiblemente mientras mis manos se deslizaban sobre las curvas de mi cintura, hasta el borde de mi tanguita.

Lo escuché suspirar, como desesperado, dejando escapar el aire por la nariz cuando me incliné hacia adelante para sacármela al fin, dándole un primer plano del tajo apretado de mi sexo.

—Déjate los zapatos puestos—, me dijo en tono suplicante, e inmediatamente agregó: —Ven aquí—.  

Lo que esperaba por mí en la cama me avivó la sonrisa pícara: él también se desnudó, con prisa de jaguar, y me llamaba con una mano para que me ubicara de rodillas entre sus piernas abiertas. Con la otra se sostenía la imponente erección, que cubrí con una fina capa de látex que desapareció bajo el arrope de mi lengua. Gemí en lo que me la llevé a la boca... Qué placer. Una nueva ola caliente de flujo me bajó hasta la cara interior de los muslos. Hincada sobre la alfombra, me sostuve con las manos abiertas sobre sus piernas y le enterré las uñas en la carne, al tiempo que bajaba y subía por la longitud empalmada de su pene. 

En el medio de ese espacio tibio y húmedo se ubicó él y, devolviéndome la sonrisa, se acomodó mi pierna entaconada sobre el hombro. Lo hizo con una caricia larga y un beso en mi pantorrilla, y así terminó de derretirme.

Vi entonces su cara enmarcada por mis tacones mientras me penetraba hasta el fondo, cogiéndome como el animal que amenazaba ser detrás de esa mirada cautivadora. Salí de la habitación con las piernitas temblorosas. Saqué el dinero que me dio de mi bolso, lo puse en mi cartera y caminé, cuando recibí un mensaje de texto. Era él: “Espero verte de nuevo pronto”. Sonreí, eso esperaba yo también. 

Hasta el martes, Lulú Petite

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