Con el paquete listo

"Estaba tan mojada, no me costó nada bajar hasta el fondo”
Lulú Petite
09/10/2018 - 05:18

Querido diario:  Mi lengua trazó un remolino lleno de saliva alrededor de la cabeza de su miembro, y le oí jadear mientras su mano me recorría la cara interna del muslo de abajo hacia arriba.

Él estaba sentado contra la cabecera de la cama, con las piernas extendidas sobre el colchón y el paquete erecto y caliente listo para la acción de esa tarde. El motel era el de siempre, una habitación en el tercer piso de la torre, con vista a la avenida. La calle mojada, la lluvia recién había cesado. En el edificio de enfrente, algunos mirones, estaban instalados en las ventanas, por si alguna pareja descuidada no se daba tinta, o era exhibicionista, y dejaban las cortinas abiertas, para que ellos lo vieran todo y, ¿quién sabe?, inspirar quizá alguna chaquetita. Como yo no soy despistada ni exhibicionista, antes de empezar a mamársela cerré la cortina. No es egoísmo, pero este show es de dos y el que quiera boleto, que pague.

Tuve que abrir la boca un poco más, porque la tenía gruesa como un tronco. Martín, mi cliente, gimió con un siseo cuando por fin le liberé la erección con una arcada. Recuperé el aliento con una inhalación honda que rápidamente se convirtió en un gruñido de placer, y a partir de entonces me dediqué a regar toda la saliva de mi garganta profunda con un trabajo manual de los míos. Me gustaba darle un poquito de atención especial a sus bolas, y él supo retribuirme el gesto cuando me buscó todos esos puntos de placer que tenía escondidos entre los senos y pezones.

Me acomodé en cuatro sobre la cama, de cara a un costado suyo, y eso le facilitaba el acceso a todo lo que quisiera encontrar... Y sí que lo encontró. Me moví gimiendo en lo que me sometió a la voluntad de su mano curiosa. Un corrientazo de sangre caliente me caldeó el cuerpo, desde el vientre hasta las piernas, gracias a esos dedos ágiles que me recorrían el canal húmedo y sensible de la vulva.

Finalmente me llamó a su encuentro con una nalgada juguetona. —Ven a montarte aquí—, me dijo, la expresión que tenía en la cara era igual de divertida que pervertida. Esperaba por mí, agarrándose el pene por la base.

Todavía me hormigueaban las piernas por cortesía de sus dedos cuando me encaramé sobre esa gorda erección que tanto me había gustado tener en la boca, pero nada como tenerla lista y rígida entre las piernas.

Él echó la cabeza hacia atrás para mirarme, y yo me apoyé en la cabecera de la cama con las manos mientras los dos jadeábamos, las bocas muy juntas, entreabiertas para un beso. Comencé a mecerme de adelante hacia atrás en un suave vaivén de caderas, encantada con todo ese calor que irradiábamos al rozarnos, y fue precisamente esa divina fricción que me tuvo rogando por más. 

 Él se olvidó por un momento de mi culo y fijó su atención en mis tetas. Me atrapó una con la boca. Toda yo seguí rebotando, extasiada y gimiendo, cabalgando hacia una orgasmo delicioso.

Cuando abrimos la cortina, vimos de nuevo en el edificio de enfrente a los mirones, que no pierden la esperanza, quién quita. 

Hasta el jueves,  Lulú Petite

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