Amante fogoso de lengua traviesa

Lulú Petite sexo sexualidad
"Hasta los dedos de los pies se me retorcieron del fogonazo de placer que se encendió en mis piernas”
Lulú Petite
30/05/2019 - 05:18

Querido diario: Huicho es un buen cliente. Me gusta cómo me trata y cómo toca. Ya te he contado de él ¿Cómo decirlo? Con su cariño y presencia se ha ido metiendo a mi vida de un modo que lo pone en una categoría distinta. Una presencia constante, algo entre aliado de travesuras y amante fogoso. Es caso es que, por angas o por mangas, aunque hablamos un día sí y otro también, hacía rato que no lo veía en las circunstancias correctas y…

Ahora lo tenía encima de mí, y era una delicia ser capaz de sentir cada nuevo paso que su boca daba contra mi piel. Ahí estaba su lengua dibujándome un espiral de saliva contra la areola, y luego él cerraba los labios para atrapar mi pezón y chupárselo a gusto. Dios mío, me tenía muy sensible. Me había desnudado hacía tan solo cinco minutos, pero ya me tenía a su merced con tanta atención que estaba dándole a estos rincones importantes de mi cuerpo. Ni siquiera me descuidaba el otro pezón. Huicho era lo suficientemente amable de mantenerlo ocupado.

Precisamente con esos dedos me bajó lentamente por la línea del abdomen, haciéndome temblar y estremecer de tan tentadora que se sintió esa caricia. Las paredes de mi sexo se abrieron y cerraron con fuerza, anhelando tenerlo adentro desde ya, pero en vez de tocarme ahí con la punta de su erección, me tanteó primero con la mano. Yo me abrí de piernas, doblando una rodilla para ampliar el espacio con el que él contaba en el núcleo calientito de mi cuerpo.

Huicho sonrió contra mi pecho y subió para besarme con esa lengua traviesa, mientras su dedo medio me separaba los labios vaginales con experticia. Le bastó con tantearme la entrada empapada una o dos veces para tenerme meneando las caderas en su dirección, y con más fuerza le sonreí contra la boca cuando sentí su erección, forrada ya en un preservativo, palpitándome de entusiasmo contra el muslo. Turu, rú. Turu, rú… canté, no sé por qué.

En ese momento él pareció decidir que tenía que probar aquello de primera mano, porque se separó de mí con la respiración pesada y el pecho agitado. Me separó los muslos ardientes, puso mis pantorrillas sobre sus hombros y hundió la lengua una, dos, tres veces en la raja apretada de mi sexo, poniéndome a gemir mientras mi espalda se arqueaba según su voluntad.

Hasta los dedos de los pies se me retorcieron del fogonazo de placer que se encendió en mis piernas. Me sujeté las tetas por puro instinto mientras él se daba una buena comida con mi clítoris, chupándolo de manera que no me quedaba otra opción que soltar un grito ahogado tras otro.

Una vez me tuvo al borde del clímax, me dejó caer sobre las sábanas sin mayor reparo. Parecía complacido con lo hecha añicos que me había dejado la respiración, pero yo encontré la paciencia para sonreírle en complicidad, si luego ya tendría yo mi turno para vengarme de estas tácticas suyas tan tramposas y placenteras.

Por ahora lo que me interesaba era que terminara el trabajo. Sin más retrasos, él se agarró la erección por el tronco y primero me frotó los labios del sexo con la cabeza. A esto yo tragué saliva, plantando los pies sobre la cama mientras intentaba ver todo aquello que se sentía tan rico.

Fue en vano. Cerré los ojos cuando finalmente me cogió por las caderas y, acercándome a su pelvis, alzó la mía para unirnos de un solo golpe. Luego apoyó las manos sobre la cama y comenzó a bombear dentro de mí, una y otra vez, su ritmo lo suficientemente duro para poner a rechinar las fundaciones del mueble que nos acogía. Quién sabe quién fue más ruidosa, si la cama o yo... Yo, seguramente.

Hasta el martes, Lulú Petite

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