Contra la pared

"Rebotaban en su ingle a medida que se mecía, hundiendo hasta lo más hondo de mi ser su garrotote completo”
Lulú Petite
09/08/2018 - 05:18

Querido diario:  Alejandro es un moreno imponente. Atlético, carismático, guapo, inteligente y muy buen conversador. Se las trae con esa sonrisa arranca pasiones que seguramente a más de una habrá cautivado. Mientras me cogía contra la pared, por un breve segundo pensé en mi buena suerte. Pero luego se me pasó. La verdad es que me lo estaba haciendo tan rico que, en ese momento, no valía la pena pensar en nada.

Quedamos en el lugar de siempre, toqué. No pasaron ni dos segundos cuando abrió y me mostró su sonrisa, con hoyuelos de ensueño y dientes perfectamente alineados. Iba descalzo y llevaba unos jeans que le quedaban divinos y camisa negra.

Se sentó en la cama y comenzó a contarme cosas escasamente relevantes sobre su vida, yo me senté junto a él. Puso una mano en mi rodilla. La deslizó delicadamente por mi muslo sin ir más allá. En cuanto tocó lo que yo quería que tocara, volteó a mirarme. Fue esa conexión lo que dio inicio a todo. Una chispa encendió el combustible y nos besamos.

Un beso largo, húmedo y cachondo. Un beso perfecto. Toda esa expectativa de seducción había detonado nuestros instintos.

Nos tumbamos en la cama, como si entráramos a un sueño dirigido por nuestras pasiones enloquecidas. La ropa volaba, desperdigándose por el suelo. Rodamos y rodamos, restregándonos con ganas contenidas, lamiéndonos, mordisqueándonos. Un deseo animal nos poseía. La puntita de mis senos en su boca fue el primer indicio, mi mano en su pene erecto el segundo. Lo demás ¡delicioso!

Alejandro se puso de pie, me tomó de la mano y me llevó contra la pared. Le di la espalda y me incliné sobre el tibio muro con las manos extendidas como si quisiera asirme al concreto. Mi cabello cayó sobre mi rostro. Entonces abrí las piernas y arqueé la espalda. Estaba más que lista, dispuesta como una flor en espera de que me polinizaran. Sentí el rugido de su respiración en mi nuca, la cercanía magnética de su cuerpo desnudo. Entre mis pies vi los suyos, grandes y bonitos al mismo tiempo. Me mordí los labios cuando su miembro, duro y grueso, entró en mí con su furia divina, con su intrépida forma y su curvatura venosa.

Gemí bajito, como para mí. Luego gemí más duro, tragándome mi oxígeno para que no se me escapara su nombre a gritos. Apreté los puños, retorcí mis piernas. Se sentía tan rico que ya nada más importaba. Estaba encantada con que Alejandro estuviera ahí conmigo, me hubiera escogido a mí.

Mojadita y en posición perfecta, comencé a tocarme. Lamí mis dedos y me masturbé estimulando mi clítoris. Sentí que cada vez que Alejandro arremetía, aferrado a mi cintura con sus manos grandes y varoniles, el suelo se estremecía. Sin parar, me cogió con desenfado, llenándome la espalda de besos, gimiendo en mi oído, tensando sus músculos cuando no pudo aguantarlo más y estalló en un gesto. Su orgasmo convocó el mío.

Aún de pie, dispersos y confundidos, conservamos el silencio.

Hasta el martes, Lulú Petite

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