Te luciste Lalito

"Podía sentirlo muy adentro, tan duro como un roble, pulsando y a punto de estallar. En eso me agarró fuertemente por la cintura y lo echó todo en un último movimiento devastador"
Lulú Petite
25/01/2018 - 05:18
 

En el tiempo que llevo en esta noble labor de sexoterapeuta he tenido la oportunidad de acumular una buena cantidad de experiencias y aprendizajes. No lo digo a la ligera. De un modo u otro, cada que me meto a la cama con un hombre es un hallazgo, un planeta por descubrir y mucho por aprender.

Después de todo, si dicen que cada cabeza es un mundo, en este oficio he visitado más mundos que en toda una saga interplanetaria. No lo digo como si pidiera una medalla, no es un asunto que pueda colocarse en una vitrina de trofeos, pero sí al menos refuerza mi currículum de terapeuta y mi capacidad de conocer a la gente.

El acompañamiento de lujo no es sólo sexo. Claro, cojo con mis clientes, pero eso se vende en muchos lados y, quizá, más barato. Lo mío es la experiencia, el simulacro de romance, la complicidad, el placer mutuo, los besos amorosos, la pasión y, sobre todo, la capacidad de hacer que el cliente se sienta cómodo y en confianza para hablar de sus cosas, de lo que lo emociona y de lo que lo aflige.

Decía el martes pasado que, aunque algunos piensan que el sexo de paga sólo es coger, en mi caso opino que si es consensuado y se disfruta, también hacemos el amor. Lo cierto es que, si he de ser sincera, algunas veces, por más que quieres no se disfruta.

Quizá es cosa de química. Olores, sabores, estilos. A veces pasa que, sencillamente, no saben coger. Muchos clientes, cuando contratan, quieren entrarle al asunto de volada. Todo exprés. Yo sé que pagan por eso, pero desequilibra. Por más que sepas a lo que vas. Saca de onda si llegas a la habitación de un desconocido y de inmediato te quiere apretar las chichis y comerte la boca. Están tan calientes que no te han dicho su nombre y ya quieren empinarte. 

Está bien, si se hace sin brusquedad, puede llegar a ser sexy, el caso es que, a menos que la química sea muchísima, en esos casos no dan chance ni siquiera de que me ponga a tono.

Lo cierto es que en muchos de esos casos, cuando se desahogan, me comentan que son chicos a los que les cuesta entrar en intimidad. Con Eduardo fue así.

Lo conocí hace tiempo. Era atento pero torpe. De los de encuerarse y ponerse a mete-saca. Sin sazón. He tratado de mejorar las cosas, de averiguar qué le gusta y cómo. También de decirle lo que yo quiero. Poco a poquito, sin que sea tanto como clases, pero sí como terapia, ha mejorado mucho. Ya no binca como lobo a comerse a su caperuza, ahora sabe despacharse poco a poco, hacer que el placer dure, se comparta y que al desahogo siga una sonrisa y no un vacío.

Ayer me sorprendió. Cuando nos desnudamos, comenzó a masajearme las piernas, a besarme los pies, a acariciar mis rodillas. La piel se me puso chinita. Pronto estábamos restregándonos y besándonos. Había aprendido a calentarme, a preparar el momento antes de pasar las páginas y brincar al final del libro.

—Así, Eduardo. Lo estás haciendo muy rico —Lo animé.

Listos para la acción, nos acomodamos en la cama. Abrí las piernas y él se colocó encima. Lo agarré por la cintura y lo recibí extasiada por el grosor de su pene tieso. Me penetró suavemente, hundiendo milímetro a milímetro su tolete en mi umbral húmedo y dispuesto. Sentí el roce de su ingle en mi clítoris y ahí fue cuando empecé a perderme en los estímulos, en mis sentidos disparados.

Entrelazamos los dedos y nos agarramos con fuerza para incrementar el ritmo. Sin dejar de gozarme, me lamió las tetas con deseo animal. Lo envolví con mis piernas, jalándolo con mis talones.

—No pares —murmuré, mientras mi mente se nublaba y mis ojos se ponían en blanco.

Eduardo me estremeció los cimientos, imprimiéndole más empeño, taladrándome sin compasión. Podía sentirlo muy adentro, tan duro como un roble, pulsando y a punto de estallar. En eso me agarró fuertemente por la cintura y lo echó todo en un último movimiento devastador.

Sé que él sabe que yo sé. Sé que está consciente de que me provocó un orgasmo memorable. No se lo dije, pero supe cuando nos despedimos que lo iba a escribir aquí, segura de que lo leera. Te luciste Lalito. ¿Cuándo te veo de nuevo?

Hasta el martes, Lulú Petite

 
 
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