Empapado y jugoso

Lulú Petite
16/01/2018 - 05:18
 

Querido diario: Rafael me habló el jueves a media tarde —Qué placer conocerte finalmente —dijo extendiéndome la mano. Me contó que me conocía por Twitter.

Es flaquito, pero macizo. Clavó su mirada en la mía mientras me daba un apretón firme. Me tomó por la cintura y me miró con una sonrisa pícara, escaneándome y como queriendo chivearme. 

—Me gusta tu colonia —dije, acariciándole los hombros. Se sonrojó. Supongo que no se esperaba que yo también pudiera ser directa. Sonreí y dejé pasear mis dedos por su mentón. Llevaba una barba que le daba un toque sexi.

Nos besamos. Un silencio se impuso en la habitación. Nuestros cuerpos se acercaron. Sentí su entrepierna tensa, tibia, vibrante. Metí una pierna entre las suyas y le acaricié suavemente el paquete con el muslo.

Comenzó a escabullir sus manos entre mi blusa, por debajo de mi falda. Sentía sus dedos traviesos recorriendo mi cuerpo, descubriendo cada rincón de mi espalda, de mi pecho. Yo deslicé mis palmas debajo de su camisa. Su torso esbelto. La suavidad de su piel, lo fibroso de sus músculos, lo ágil de sus movimientos. Lo ayudé a desabrocharse el cinturón. 

—Eres tremenda —susurró con un tono de gusto en su voz. 

Con el ambiente ya caliente y cachondo, nos tiramos sobre la cama, comiéndonos a besos, caricias y palabras de deseo. Yo hundí mis dedos en su rizos gruesos y boscosos. Él metió su rostro en mi cabello y aspiró su aroma. 

Luego acarició mi rostro con el suyo, causándome unas cosquillas muy ricas con los vellitos de su quijada, de su cuello amplio, largo, varonil. 

—Hazlo ahora —le pedí al oído. 

Vi cómo su piel pecosa se erizaba toda y percibí sus ganas en proceso. Alcanzó uno de los condones que dejé sobre el buró, abrió el empaque y, con diligencia se enfundó el sable. 

Me miró directamente a los ojos con esas perlas ámbar y misteriosas, se forjó un gesto pícaro en los labios y se aproximó sin perder más tiempo. Me tomó por la cadera, alzó una de mis piernas y me clavó su pieza poco a poco, enterrándola lentamente, disfrutando cada centímetro que incrustaba en mí con una expresión que parecía de un dolor que le provocaba placer. 

Yo alcé la vista al cielo —o, mejor dicho, al techo— y me resigné con gusto a sus movimientos, a su manera de empujar su cadera contra la mía, de penetrarme una y otra vez, primero despacio y acompasado, pero luego, a medida que nos desatábamos y que surgían las sensaciones de nuestro interior, más salvaje, más duro, más rápido. 

—Así—gemía yo, aferrándome a su cuello y mascando suspiros. Entrelazamos los dedos y nos agarramos mientras rodábamos por la cama, agitándonos y meneándonos en una danza que encendía hogueras en nuestros pechos deseosos. Los latidos de mi corazón me dictaban el ritmo, a medida que exhalaba y repetía que siguiera, que por favor no parara y que continuara haciéndomelo así de rico, así de salvaje. 

Rafa de pronto me agarró por la cintura y me alzó sin desacoplarse. Se arrodilló sobre la cama y me hizo abrazarme más a él. Sin despegarme ni soltarme, comencé a brincar aún ensartada, sintiendo cómo su pene tieso me rozaba por dentro y me colmaba con sus palpitaciones, con su ángulo ascendente. Me estimulaba de tal forma que ahora era yo quien ponía las reglas, moviéndome con las piernas abiertas, jalándolo con los talones para que se adentrara más y no se fuera tan lejos. 

En eso prendió el último cartucho de su motor y empezó a darme hasta más no poder, desbocado en su afán por hacernos llegar. Hundí las uñas en su espalda, recosté mi rostro en su hombro y me dejé atravesar, sintiendo cada estocada de su garrote vibrante, socavando mi umbral empapado y jugoso. 

El desenlace fue frenético. Mi sentido se perdió breve y gloriosamente en una nebulosa de éxtasis, mientras que Rafa se sumergía hasta las últimas consecuencias, tenso, pasmado, petrificado en el momento que se vaciaba como por propulsión a chorro. 

Minutos después aún permanecíamos juntos, acariciándonos y dejando que el momento se difuminara con el repentino cansacio que no habría de durar tanto, pues sin duda teníamos ganas de volverlo a hacer. 

Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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