Así de rico...

"Tomé sus nalgas firmemente con mis manos y empecé a menearme, sintiendo el roce de su ingle contra mi clítoris"...
Lulú Petite
15/05/2018 - 05:18

Querido diario: Quedamos en vernos aproximadamente una hora pasada las tres. A Mauricio lo conozco desde el año pasado. Es un buen tipo. Alto, de muy buenos modales y actitud siempre amable, tiene una sonrisa casi tierna y mucha disposición a escuchar. Es un tipo tranquilo a quien, cuando siente que la ocasión lo amerita, le gusta sacarse el estrés en un cuarto de hotel.

Lo bueno es que, con Mauricio la ocasión siempre lo amerita. Si está muy cansado, si está relajado, si algún negocio va bien, para celebrar, si un negocio va mal, para distraerse, cualquier cosa es buen pretexto para desahogar sus calenturas. Me esperaba en el cuarto de su hotel, con la camisa semidesabotonada y descalzo. No sé qué tienen los hombres en pantalón de mezclilla y descalzos que me gusta.

Nos saludamos con mucho cariño y nos pusimos a platicar, quizá yo más que él, sobre cualquier cosa. Le gusta comentarme qué películas ha visto últimamente, pues sabe que a mí me encanta el cine. Mientras, yo coloqué mi bolsa sobre el buró y saqué algunos condones. Noté que me veía, fascinado.

—Siempre preparada, ¿no?

—Siempre.

Después de eso no tardamos mucho en acercarnos. Tomó mi mano y me miró sonriendo.

—Desde hace rato que no nos veíamos —dijo.

Acarició mi mentón suavemente. Se inclinó para besarme y sentí sus labios tibios y húmedos sobre los míos. Mi lengua salió en busca de la suya y la encontró dispuesta. Apasionados por el furor de la intimidad, el tiempo acumulado y sus ganas contenidas, comenzamos a estrujarnos. Rápidamente, prendas de ropa iban cayendo por el cielo mientras nosotros, desnuditos, nos metíamos a la cama.

Con la piel erizada por un escalofrío muy rico, le seguí el juego y lo envolví con las piernas por la cintura. Tomé sus nalgas firmemente con mis manos y empecé a menearme, sintiendo el roce de su ingle contra mi clítoris.

Su pene, divino, atravesó mi umbral y se incrustó en mis entrañas como un fierro ardiente y tembloroso. El primer movimiento de un volcán a punto de hacer erupción. Chorreando mi lava caliente, hundí el rostro entre su hombro y su cuello, y cerré los ojos para concentrarme en las sensaciones.

Bien apretaditos, nos conseguimos al mismo ritmo, meneándonos como a contracorriente, generando una fricción fulminante. Podía sentir su garrotote tieso dentro de mí, empujando más a fondo, haciéndose más grueso.

El tiempo justo para una acción grandiosa. Mauricio me hizo acabar y luego siguió él, entornando los ojos y tragándose un gemido.

Desplomado sobre mí, reposó su rostro entre mis pechos y entrelazó sus piernas con las mías. Así, en ese pequeño instante de intimidad y cariño, permanecimos hasta que se levantó, fue al baño, se duchó y regresó. Yo también me levanté y pasé a la regadera.

Cuando volví, Mauricio estaba de nuevo en la cama, completamente desnudo, viéndome con deseo y jalándose el miembro nuevamente erecto como un mástil. Él es así. Puede retomar su energía rápidamente y entrarle a un segundo o tercer round sin descansar demasiado.

De nuevo en la cama, me buscó para encontrarme. Me recibió con un beso y, con su mano, dirigió la mía hasta su sexo erecto y me hizo que continuara jalándosela, mientras se comía mis labios a besos.

Fue un beso de esos extraordinariamente cachondos, que te hacen sentir cómo el deseo se enciende y el corazón se quiere escapar del pecho. Su lengua, con sabor a menta, de una boca recién lavada, sus manos hurgando por mi piel desnuda y tibia por el calor de la ducha, su cuerpo desnudo, todo eso me tenía muy excitada y seguía jalándole el miembro hasta que, de pronto, puso duro su cuerpo y un chorro de leche salió a presión haciendo una curva en el aire para aterrizar justo en su ombligo. 

Me siguió besando hasta que dejó de bombear. La hora estaba por terminar, así que pasé a la ducha de nuevo. Cuando salí, el aún yacía en la cama, con una sonrisa perdida y los restos de su éxtasis secándose en su abdomen. Me despidió lanzándome un beso, cuándo le acerqué pañuelos desechables para que se limpiara.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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