Apretó suavecito

Lulú Petite
13/03/2018 - 05:18

Querido diario: En la Ciudad de México nunca se sabe. Puede el sol estar radiante y, de pronto, ahora sí que, sin decir “agua va”, se suelta un chubasco de esos que nomás buscas animales en pareja, para seguirlos hasta el Arca.

El otro día me habló un cliente. Ya estaba en el motel y quería verme. Generalmente recomiendo que llamen antes de tomar una habitación porque una nunca sabe lo que puede tardar en llegar.

—Aquí te espero —dijo con seguridad.

Me di una chaineada, me metí al coche y fui para el motel. Generalmente hago unos 20 minutos a la “oficina”, (Sí, sí así le digo al motel, pero como diría Lucero ¿Y? ¿Y?), el caso es que ese día ¡PUM! Se soltó el diluvio. De esos aguaceros espontáneos, destructivos y fugaces. Duró poco, pero desmadró mucho.

Algo pasa en la ciudad. Como si cuando nos mojaramos se nos atolondraran las neuronas, así que el tráfico se puso imposible. Le envié un mensaje al cliente explicándole que tardaría más de lo normal. Cuando al fin llegué, me dijo que pensaba que ya lo había plantado.

—Puedo tardar, pero no fallar —contesté acariciándole el rostro. Sonrió complacido, y se sobó las palmas de las manos. Era un hombre amable y bajito. Se veía caliente.

Hablamos brevemente mientras me observaba. Entonces se acercó a mí y me tomó por la cadera. Olía muy rico. Me apartó el cabello del rostro y me clavó una mirada cautivadora. Cerré los ojos cuando se acercó. Nuestas bocas se unieron. Su bigote me acarició suavemente mientras nos besábamos. Sus labios cubrían los míos, me relamía, me incitaba con sus mordisquitos suaves y libidinosos. Sus manos ágiles no tardaron en ir descubriendo mi cuerpo, desabrochando mi blusa, descorriendo mi falda, deslizándose entre mi ropa interior, palpándome, rasgando el poco pudor que restaba sobre mi piel.

Chinita y temblorosa, me entregué a sus caricias, a sus besos cálidos, que iba depositando poco a poco sobre mi desnudez. Tomó mis tetas con ambas manos y concentró sus ansias en mis pezones, tan duritos como botones de chocolate.

—Voltéate —pidió con la calentura al tope.

Apoyé las palmas de las manos sobre el colchón, arqueé la espalda y abrí las piernas alzando las nalgas para ofrecerle el mejor ángulo, entregada como una flor abierta. Viré el rostro por encima de mi hombro y vi el deseo encendido en su cara risueña y sonrojada.

Posó sus manos en la curvatura de mi cintura y empujó su pala robusta y empinada en mi húmedo umbral. Lo sentí entrar hasta la base, centímetro a centímetro, estrujando sus aguacates jugosos contra los labios de mi vulva.

—Ay sí —gemí cuando empezó a menearse, dándomelo cada vez más rápido.

Mis pechos brincaban con cada una de sus arremetidas, que hacían además vibrar la cama.

—Agárrame las tetas —dije, tragándome un gemido y mordiéndome los labios.

Sus manos sostuvieron el peso de mis pechos tungentes, bordearon mis aureolas y mis pezones cada vez más sensibles encajaron entre sus dedos perfectamente. Apretó suavecito y siguió repujando su cadera con insistencia, haciendo rebotar mis nalgas en su ingle sudorosa.

Estrujé la sábana y empujé también hacia atrás, encajándome en su pieza animal, tan dura que no lo podía creer. Podía sentir su respiración agitada chocando contra mi nuca, las diminutas gotas de sudor cayendo desde su frente sobre mi espalda. Hundí la cara en la almohada y me dejé dominar por completo. Esa sensación imparable recorría todo mi ser, disparando mis sentidos.

—No pares —dije, aunque no creo que me escuchara. Enloquecido, siguió taladrándome sin detenerse. Por poco desgarro la sábana con las uñas cuando lo percibí sin poder aguantarlo más. Nos desbordamos al mismo tiempo, temblando a medida que acabábamos.

Bajamos juntos al estacionamiento. Ya no llovía, pero los charcos, eran testimonio del aguacero reciente, así como su carro inundado como el Titanic.

Un beso, 

Lulú Petite

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