La sumisa fui yo

Lulú Petite
12/10/2017 - 05:00
 

Querido diario: Es imposible que la mente se ponga en blanco, pero eso definitivamente era lo más parecido. Ramiro no podía hablar, pues tenía la boca llena y yo estaba perdida en el placer, sin pensar en nada, disfrutando con la mente en blanco.

—Uuuh, sigue así —dije gimiendo, estrujando su cabello con mi mano. Mis dedos acariciaron su cuero cabelludo y esto pareció excitarlo más. Empezó a lamer y lamer, metido de lleno en ello.

A Ramiro, lo conocí apenas hace tres semanas. Es lindo y le gusta que lo dominen. No en plan de golpiza, nisiquiera ataduras. Sólo le gusta la actitud mandona. Me divierte entrarle a su juego, después de todo, dar órdenes a nadie le molesta.

Hoy nos vimos de nuevo. Cuando entré a su habitación no hablamos mucho más que el saludo. Cuando comenzó a desvestirme, supe lo que debía hacer. Lo tomé por los hombros y lo hice arrodillarse ante mí.

—Desnúdate —ordené viéndolo a los ojos seriamente.

Sonrió y empezó a quitarse la camisa. —No te rías —ordené. En cueros y a mi merced, me puse bien cerquita, de modo que pudiera rozar mi obligo con sus labios. Su bigote me provocó cosquillitas, pero mantuve la compostura. Alzó una mano y comenzó a acariciarme las piernas.

—Después —dije con firmeza quitándome sus manos de encima—. Primero cómeme.

¿Qué te puedo decir? Ansioso lamía, besaba y mordisqueaba mis labios, provocando que me empapara por completo.

—No pares —gemí con la vista perdida en el techo.

Acaricié sus hombros, fascinada con sus ganas de disfrutarme entera. Llegado a cierto punto empecé a hervir por dentro, la mente se me puso en blanco y clavé mis uñas en su espalda. Miró hacia arriba y vio mi boca entreabierta, mis pupilas dilatadas, mis mejillas sonrojadas, las minúsculas gotas de transpiración que empezaba a cubrir mi piel. Me vine en su boca ahogando un grito de extasis desesperado. Sonrió porque sabía lo que significaba. Se puso de pie y me tomó por la cadera para llevarme a la cama, pero justo antes de caer sobre las sábanas, giré para que él quedara debajo de mí. Intentó alzarse y darle vuelta al asunto, pero lo tomé por las muñecas y lo clavé al colchón con fuerza, besándole el cuello y apreciando su aroma viril. Él se dejó dominar.

Nos besamos apasionadamente. Mordí sus labios sin soltar sus manos. Me acomodé para acariciar su rostro con mis senos. Meneé mi cadera para incitarlo. Estaba durito. Me restregué en su miembro, palpitante y venoso.

—Te voy a coger —le informé dejando caer mi cabello sobre su cara.

Simplemente sonrió. Yo misma le puse el preservativo y me despaché, poniéndome a horcajadas sobre él. Cuando su pene de hierro entró en mí, sentí el ángulo curvo de anatomía. Rozó mi clítoris por dentro y eso se sintió divino. Poco a poco la balanza del juego se tornaba a su favor. Empujó una vez y trató de levantarse, pero lo empujé con ambas manos sobre su pecho y empecé a moverme, clavándome su pieza enterita. Podía imaginarla creciendo y haciéndose más dura dentro de mí, perforándome, calentándome poco a poco. Gemí.

Arqueé la espalda y comencé a menearme, haciéndonos tambalear y provocando crujidos en la cama. Me tomé el cabello, me pellizqué las tetas, me mordí el labio inferior. Estaba degustando el momento. De pronto sentí sus manos en mi pecho, entre mis senos, escalando lentamente por mi cuello. Sus dedos alcanzaron mi boca y ahí fue cuando empecé a chupárselos. Los succioné extasiada, metiéndomelos en lo más hondo de la garganta.

Ramiro levantó su torso y me tomó por las nalgas. Me cargó sin problemas, juntando su cuerpo muy cerca del mío, y volvió a depositarme entre las sábanas. Nos revolcamos. Volvió a penetrarme, mientras le ofrecía gustosa un poco de resistencia. Coloqué una pierna sobre su hombro y me aferré a su espalda con las uñas. Recostó su rostro contra el mío, botando por su nariz sus exhalaciones cálidas. Teníamos la vista puesta en el mismo punto intangible, congelado —o calcinado— en el instante justo cuando sentimos bullir ese cosquilleo riquísimo que hace que todo lo demás no exista. Ramiro cerró los ojos. Nos apretamos por cerca de un minuto hasta que finalmente nos relajamos y volvimos a la normalidad.

Al final, no sé si la sumisa terminé siendo yo.

Besos, 

Lulú Petite

 
 
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