Coge delicioso

"Intercambiando abrazos desesperados, apretándonos las manos y fundiendo nuestras caderas en un vaivén caluroso"
Lulú Petite
11/01/2018 - 05:18

Querido diario: Emanuel es un hombre con estilo. Al principio me pareció conocido. De esas veces que sabes que no conoces a alguien, pero sientes como si ya lo conocieras de antes. 

Él, con sus ojos grandes y como de color miel, me miró también como si me conociera o como si supiera un secreto tan mío que hasta yo lo ignoraba.

—Mucho gusto —dijo con su voz gruesa y potente. 

Al tocar su mano y levantar el rostro para darle un beso en la mejilla, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me puso nerviosa, pero me gustó. 

—Eres como te imaginé —dijo. 

La idea de que me imaginara me resultó abstracta. Yo no imagino a mis clientes, al menos no concientemente, aunque cuando lo dijo, debo reconocer que, por su voz al teléfono, lo hacía más joven, más alto, más grande en todo sentido. Tiene el cuerpo compacto, ni demasiado delgado ni demasiado mamado. Su rostro es simétrico, normal tirándole a guapo. De hecho tiene un “no-sé-qué”, que le da un aire encantador. Además, coge delicioso. 

Se sentó en el borde de la cama. Yo estaba de pie, frente a él. Me tomó una mano con las dos suyas y me clavó esas retinas hipnotizantes con una sonrisa leve en sus labios delgados. Me preguntó qué edad tenía, qué me gustaba hacer, cosas por el estilo. Yo le pregunté si era de la ciudad, a qué se dedicaba, detalles para romper el hielo. 

Funcionó. Cinco minutos después, las caricias que nos hacíamos, los pequeños roces con las piernas, la tensión que iba construyéndose poco a poco y ese magnetismo incierto fueron transformándose en gestos descarados. Apretó mis piernas, hundiendo sus dedos en mi carne y fue deslizando la palma de su mano hacia arriba, debajo de mi falda. 

En eso nos besamos. Lentamente nos aproximamos y unimos nuestras bocas, acariciando nuestros labios y lenguas. Él me agarró el rostro con ambas manos y yo lo tomé por el pecho, escurriendo mis dedos por debajo de su camisa. Era una pieza holgada. Entonces empecé a quitársela. Un collar de cuero colgaba en su pecho. 

—Ven aquí —dijo.

Nos tiramos sobre la cama y empezamos a ponernos más cómodos. Se colocó encima de mí y me besó con pasión, aspirando el aroma de mi cuello, oliendo mi cabello entre sus dedos. 

La piel se me puso chinita. Se sentía muy rico estar con alguien así de cariñoso, con verdadera emoción por compartir un rato de intimidad cachonda. Nos transformamos en un amasijo de carne, piernas, abrazos, besos, mordiscos y mimos. Sentía su garrote, palpando la puerta a mi goce. Se colocó un condón y me penetró sin prólogos, hundiendo esa pieza jugosa bien adentro de mí. Yo me entregué de lleno y lo abracé extasiada, con el rostro torcido en una expresión de placer, gimiendo bajito en su oído, mordiéndome los labios. Emanuel me agarró fuerte por la cintura y comenzó a balancearse, metiendo y sacando con un ritmo cadencioso. Me encantaba cómo lo hacía. 

Alcé las rodillas y acomodé una pierna sobre su hombro. Lo sentí aún más adentro y la emoción en él tomó un nuevo aliento. Gruñó mientras sonreía evidentemente complacido, clavando más a fondo su miembro tieso y grueso. 

—Así, así —dije tragándome los gemidos.

Sus manos recorrían mi piel, sus labios rozaban mis senos, su respiración estimulaba mis sentidos, su corazón en galope alcanzaba al mío y, sin vuelta atrás, nos enfrascábamos en un ritmo estremecedor. Cada vez más fuerte y más rápido. 

Rodamos por la cama, entrelazando piernas, intercambiando abrazos desesperados, apretándonos las manos y fundiendo nuestras caderas en un vaivén caluroso. Emanuel lo echó todo y empezó a taladrarme sin dejar de moverse, empujando devastadoramente su pieza de roble, haciendo bailar sus bolas llenitas de leche sobre mi umbral húmedo. De pronto lo incrustó hasta la base y lo dejó ahí, bien adentro, palpitando y bombeando mientras él se retorcía como si le succionara la vida. 

Se sintió como glorificado por el momento, abrazado a mí, tan cerca que fácilmente podíamos ser una sola criatura. Entonces abrimos los ojos y nos encontramos nuevamente. Todo había cambiado, pero al mismo tiempo seguía igual. Normal y extraño como Emanuel.

Hasta el martes, Lulú Petite

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