Sexo con un chacal

Lulú Petite
10/10/2017 - 05:00
 

Querido diario: A Humberto no le cuesta trabajo darle rienda suelta a sus deseos. Es de los que podría inventar nuevas formas de disfrutar, si tuviera más tiempo y menos preocupaciones. Es un chacalazo. Les digo chacales a esos macho que, aunque no son guapos, tienen cierta masculinidad arrolladora que los hace irresistibles. Son macisos, medio brutos o bruscos, pero tienen un autocontrol tremendo, mucha seguridad y una habilidad para coger que sientes que te despedazan en cada embestida, pero te electrocutan de un modo que es deliciosos. Bueno, pues Humberto es un chacal de esos.

Le gusta decirme cosas cachondas mientras me hace el amor con sus manos toscas y varoniles. Las susurra lentamente, las paladea con regusto, las pronuncia en voz alta como si las ensayara. A mí me gusta. Me pone en el ánimo correcto. Siempre es grato encontrar clientes que sienten la necesidad de entrar en una especie de juego. Humberto es un seductor, sin importar que ya el trato esté hecho, sin importar que me haya pagado para satisfacer sus ganas, aún así hace un esfuerzo por enamorarme, por calentarme.

Tenía tiempo sin verlo, pero ahí estaba, a media luz, en el mismo motel donde siempre nos hemos encontrado. Podía ver su perfil bañado por la luz que se colaba por la persiana, su frente ancha, su nariz larga y huesuda, sus labios filosos, su mentón cuadrado. Mientras él me acariciaba las piernas, deslizando su mano por debajo de mi falda. Me aproximé más y sentí el calor irradiante de su cuerpo. Puse mis manos en sus hombros y lo besé apasionadamente, saboreando la sal y la humedad de su boca.

Sus besos encendían dentro de mí una llama que se hacía cada vez más grande, caliente y voraz. De pronto sus manos se escurrieron debajo de mi blusa y se estacionaron en mis pechos. Apretó con cuidado e inclinó la cabeza para mordisquearlos y besarlos por encima de la tela.

Nos tumbamos sobre la cama sin dejar de restregarnos, sin dejar de tocarnos y besarnos como si fuera el fin del mundo. Humberto empujaba su entrepierna con la mía, mostrando su entusiasmo de acero. Lamió mi cuello y mi piel de inmediato se erizó. Una cosquilla general devoró mis poros, provocando una leve y divina descarga eléctrica en mis zonas más sensibles. Sus besos detonaron algo, sus caricias trajeron consecuencias irreparables, el peso de su cuerpo sobre el mío desbordó todo. Era suya.

Sus labios jugosos y carnosos envolvían los míos, mientras que yo hundía mis dedos en su cabellera canosa y poblada.

Después no hablamos más, me arrancó el vestido como poseído, tomó uno de los condones que había dispuesto en el buró, con los dientes lo sacó del empaque y se lo puso de un tirón.

Extendí los brazos y abrí las piernas. Él volvió a colocarse encima y me penetró de golpe, encajando cada milímetro de su miembro palpitante. Mi entrepierna húmeda lo recibió gustosa. Clavé mis uñas en sus hombros cuando lo sentí hasta el fondo y mordí mis labios para no dejar escapar un grito de placer. Me ensartó completa, dejando caer el peso de su torso sobre mis tetas. Entonces comenzó a moverse con un vaivén extraordinario, un ritmo que me hacía delirar, que me ponía a desvariar y me desconectaba por completo de la realidad. Lo tomé por las nalgas y lo jalé más hacia mí, haciéndolo clavarse más dentro. Empujó con fuerza, una y otra vez, agitándose mientras acariciaba mi cabello, me besaba en la boca, me poseía.

No podíamos parar de movernos. De pronto me tomó por la cintura y comenzó a darme más duro y más rápido, galopando con ahínco hacia el tramo final. Lo sentía, lo adiviniaba en sus ojos fijos en mí. Apretamos el paso, yo envolviéndolo con las piernas y aferrándome a su espalda.

Gruñó en el éxtasis. Se pasmó y sus músculos se tensaron. Dio la última estocada y me la dejó bien adentro, bombeando a borbotones su leche en mí. El tiempo se detuvo.

Luego el silencio se impuso en la habitación. Un silencio dormido, parsimonioso, de paz. Encima de mí, Humberto, mi chacal, permaneció complacido, mansito mientras le besaba la frente.   Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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