Él me masajeó

"Temblorosa, me derretí aún más cuando comenzó a menearse, penetrándome una y otra vez"
Lulú Petite
08/05/2018 - 05:18
 

Querido diario: Armando y yo nos hemos ido acoplando poco a poco. Siempre ha sido bueno en la cama, pero las primeras veces las cosas no iban tan bien.

Trabaja en la calle y todo el día anda bajo el rayo del sol. La primera vez que me llamó, había tenido un día pesado. Aunque es un hombre con buenos hábitos de higiene, en la tarde de un día de mucho esfuerzo y sudor, llegas oliendo a sebo rancio. Cuando nos saludamos, el tufo casi me noquea. Así quería que hiciéramos el amor. Afortunadamente, tomó bien cuando le “sugerí” que se duchara antes de meternos a la cama.

Supongo que le hizo sentido cuando dije que un baño antes del amor, hace el sexo más placentero. Las primeras veces era brusco, pero poco a poco fue mejorando, haciéndose más paciente y certero. Escuchaba mis sugerencias. Ahora me pone una cogidas fantásticas, con orgasmos deliciosos.

Este sábado me habló. Lo encontré impecable. Recién salido de la regadera, oliendo a jabón y desodorante. Con el aliento fresco de unos dientes recién lavados y la sonrisa amable de quien quiere pasarla bien.

Me pidió que me desnudara y me recostara boca arriba, mientras untaba aceite en sus manos. No es la primera vez que me pasa, pero me llamó la atención que él pensara en darme un masaje, pues es de los que les gusta ser consentidos, más que consentir.

Pero ahí estaba, siendo acariciada por sus deliciosas manos. Con paciencia deslizaba sus dedos sobre mi piel chinita, aproximándose sensualmente por mi pecho y masajeando con suma delicadeza mis tetas. No tardé en comenzar a sentir la excitación. El masaje duró un buen rato.

Él, fascinado al notar que sus dedos rozando mi piel me ponían cachonda, comenzó a excitarse también. Con una sonrisa maliciosa en sus labios, me mostró una mirada deseosa. Su mano descendió por mi pecho, bajando por mi abdomen y buscando entre mis muslos el camino más perverso hacia mi corazón.

Estábamos cachondos, con la piel erizada y nuestros cuerpos frotándose en las sábanas, cuando al fin me besó. Rodamos por la cama, acariciándonos con ansias.

Sin palabras y llenos de acciones, nos abocamos a nuestros cuerpos deseosos. Su lengua recorrió mis pechos, que parecían condensar minúsculos puntos de placer supremo, detonando mis sentidos de una forma que no podía ni quería controlar.

Alcanzó uno de los condones que había dejado sobre su buró y se forró el miembro. Yo estaba mojadita y dispuesta como una flor a punto de ser polinizada.

Me pidió que me pusiera de ladito y se acostó junto a mí. Sin más preámbulos, enfiló su miembro y me atravesó, hundiendo su pieza. Lo sentí bien adentro, grueso y macizo.

Con su mano estimuló mi clítoris y fue como si me tocara un botón de gozo automático. Trémula y temblorosa, me derretí aún más cuando comenzó a menearse, penetrándome. 

Armando apretó mis nalgas y sus dedos presionaron mi carne. Terminé bocabajo, elevando mis nalgas y haciéndole más espacio para que me lo empujara directo. El desenfreno fue inevitable. Su respiración en mi nuca, sus manos en mis hombros, su cadera proyectando toda esa energía viril hacia mí. Gemí de placer. Él se fajó cada vez más rápido y más fuerte, haciendo brincar mi humanidad entera. Entonces lo inyectó todo una última vez y se corrió, prensando su cuerpo, tensando sus músculos, hundiendo su miembro más duro y grande que nunca.

Una vez aliviada su calentura, se desplomó sobre mi espalda y me abrazó. Aún olía a fresco y limpio. El olor apacible de dos cuerpos en calma. Un leve reposo antes de que todo se descontrolara otra vez. Es otro Armando, tan buen amante, tan distinto al que conocí la primera vez.

Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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