¿Cómo te llamas?

"Empezó a moverse, clavando su ingle contra mí, embistiendo con sus nalgas apretadas, porque las tenía agarradas y podía sentirlas, para descalabrame divinamente"
Lulú Petite
08/02/2018 - 05:25

 Querido diario: Él es, ¿cómo decirlo?, normal. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. De complexión promedio, con la espalda ancha y los hombros ligeramente caídos. Tiene la nariz recta, con la punta redonda, ojos color café, con un toque almendrado, las cejas ligeramente pobladas. Tiene, en general, un aspecto varonil. Si me preguntaran, pensaría que es un luchador, policía ministerial o entrenador de futbol americano.

Cuando llegué a su habitación y llamé a la puerta, abrió sin decir nada y me dejó pasar, mientras atendía el teléfono. Alzó un dedo para excusarse por la intromisión de la llamada y se dirigió al baño para hablar con más privacidad. De igual forma alcancé a entender que trabaja en la industria de la construcción. Mientras resolvía el asunto, me quité el saco, los zapatos, me solté el cabello y me senté en la cama.

Un poco después salió del baño tratando de despedirse de la persona al otro lado de la línea. Me hizo una mueca que indicaba su hastío y sus ganas de colgar. Le sonreí y me sonrió. Le calculé unos cuarenta y tantos años.

—¡Listo! —dijo lanzando el cel sobre un sillón.

Se frotó las manos y se disculpó.

—Para nada, la chamba es chamba. Además, no voy a ir a ninguna parte —contesté apoyándome con los codos de espalda sobre el colchón.

Él lucía cansado, sin prisa por empezar. Se sentó del otro lado de la cama y se masajeó el cuello con una mano. Estaba tenso. Me reincorporé, me acerqué y le pregunté:

—¿Puedo?

Volteó y me dijo que sí con una mirada y una sonrisa. Puse mis manos en sus hombros y ejercí presión suavemente, hundiendo mis pulgares en los nudos entre sus músculos. Poco a poco, fue sintiéndose más relajado y en confianza. Apreté mi pecho contra su espalda y mis labios marcaron la pauta en su cuello. Olía a colonia y no tardé en encontrarle el atractivo a su normalidad. Lo ayudé a quitarse la camisa mientras él, estirando sus brazos hacia atrás, me despojaba de la blusa y palpaba mis rodillas, mis muslos…

Entonces se dio la vuelta y me confrontó. Un impulso viril le había dado vuelo. Me besó sin más preámbulos y su lengua no tardó en encontrar la mía. Me recosté bocarriba y recibí su cuerpo entero. El peso de su pecho sobre mis tetas, su aliento tibio mientras besaba mi cuello, sus manos alzando mis brazos por encima de mi cabeza, su entrepierna pujando sobre la mía y su forma de mover ligeramente la cama pusieron el último detalle en el contexto adecuado. Nos apretujamos sintiendo ebullir nuestras ansias, esas ganas que al principio parecían reprimidas y que se acrecetaban.

Nos despojamos de nuestra ropa como un par de bestias y nos abalanzamos sobre la cama para devorarnos a besos, mordiscos, rasguños. Rodamos de un lado para otro, creando un remolino de edredón y sábanas.

Se colocó el condón en un santiamén. Abrí las piernas y apoyé un talón sobre su hombro. Podía sentir cómo su garrote prensado tentaba el espacio en busca de mi abertura.

—Dámelo ya —gemí.

Él me lo metió poco a poco, apoyando primero su cabeza gorda en mi vulva dispuesta como una flor húmeda, luego dirigiendo con su mano el resto, incrustándolo lenta pero seguramente hasta hundirlo a tope. La presión de su empuje contra mi entrepierna fue un disparo de sensaciones que comenzaron a recorrer mi cuerpo.

En eso empezó a moverse, clavando su ingle contra mí, embistiendo con sus nalgas apretadas, porque las tenía agarradas y podía sentirlas, para descalabrame divinamente. El ritmo de su balanceo se hizo estrepitoso. Sentía que me derretía de la cintura para abajo. Un calor súbito corrió por mis entrañas.

—No pares —me sorprendí balbuceando entre gemidos.

Él siguió aumentando las revoluciones de su locura pasional y me acribilló hasta secarse en un espasmo, un último empujón rotundo que nos dejó exhaustos. 

Gemí sumiéndome en un sopor postcóito. Ahora escribo este texto, sintiendo todavía el orgasmo palpitándome entre las piernas, el olor de su colonia, la presión de sus manos en mi piel. Lo recuerdo todo, menos su nombre. Este… ¿Cómo dijiste que te llamas?

Hasta el martes, Lulú Petite

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