Del megatráfico, al megaorgasmo

"Con sus manotas gruesas y robustas sostenía el peso de mi cadera y aferraba la carne de mis nalgas con la fiereza de su deseo fogoso"
Lulú Petite
06/02/2018 - 05:18

Querido diario: Mis dedos silenciaban sus gemidos. Él podía saborear la sal de la piel, el aroma de nuestros cuerpos. Y me pedía, desesperado, que siguiera meneándome.

—Así, así —repetía con los ojos desorbitados, poseído por su excitación.

Me gustaba sentir sus labios vibrando en las puntas de mis dedos, la punta de su lengua húmeda y caliente suplicar por mí, sus dientes rozar mi piel. Con sus manotas gruesas y robustas sostenía el peso de mi cadera y aferraba la carne de mis nalgas con la fiereza de su deseo fogoso.

Él llevaba muchísimo tiempo sin coger y se notaba. Las ganas acumuladas suyas con mi estrés fueron química pura.

El tráfico en la ciudad es tortuoso. No importa el medio de transporte que uses, ya sea carro, micro, Metrobús, motocicleta, Metro, tren ligero, bicicleta o patín, a menos que puedas volar, el relajo en las calles entorpece tu vida cotidiana. Todos pasamos demasiado tiempo yendo de un lugar a otro. De casa al trabajo, a la escuela, a donde sea.

Yo iba justo en el tráfico, cuando me habló. Quería que nos viéramos. Desde luego, dije que sí y manejé rumbo al motel, a pesar de que el tráfico era apocalíptico.

‘Aventando lámina’, con la fina filosofía de ‘voy derecho y no me quito’, pude entrar con calzador en el flujo vehicular, recibiendo un claxonazo del ardido a quien, contra su voluntad, le gané el paso. Pensé que poco a poco iría acercándome al lugar de mi cita; después de todo, él también iba en camino, así que probablemente llegáramos más o menos al mismo tiempo.

Veinte minutos después, sonó mi teléfono. Era él. Hablaba para darme el número de habitación ¡Sorpresa! Yo había avanzado unos 30 metros.

Tardé más de una hora, pero me esperó. Venía tan estresada, que sus labios fueron como un salvavidas. Apenas me tocó, me puse cachondísima.

Agarró mis tetas y las fue chupando despacito, regodeándose en su redondez. Mis pezones se despertaron y respondieron irguiéndose. De pronto, todos y cada uno de mis poros se erizaron. Fue como si algo se apoderara por completo de mí. ¡Por Dios! ¡Qué caliente estaba!

Lo tomé por los hombros, lo apreté y lo besé mordisqueándole los labios. Entonces, lo hice colocarse boca arriba y me encaramé con las piernas abiertas. Con mi entrepierna húmeda y palpitante, deseosa de que me lo enterrara hasta la médula, acaricié su pene, suavemente, retardando el momento. Podía sentir sus ganas en la forma como hundía sus dedos en la curvatura de mi cadera, en el modo en que alzaba el torso y buscaba ahogar su rostro en mi cabello, que caía como una cascada sobre mi pecho.

Entonces, me rodeó por la cintura con uno de sus brazos y con el otro se apoyó en el colchón. Plácidamente sorprendida, pegué un brinco de emoción. Pero ya no quería escapar, así que cedí. Dejé caer mi cadera y su miembro entró derechito hasta lo más hondo.

Un destello se apoderó de mí. Pronto mis nervios se sincronizaron con los suyos, así como el ritmo trepidante de nuestros corazones, y empezamos a agitarnos. Abrió las piernas y levantó levemente su cadera, clavándome más a fondo. Mis tetas rozaban su pecho mientras sus bolas jugosas rebotaban en mis nalgas, una y otra vez, estimulando mi libido.

Sus manos recorrían mi cuerpo. Una cosquilla electrizante pasó rasante por mi médula, cual escalofrío placentero, causando que me temblaran hasta los huesos y que mi entrepierna chorreara.

Percibía cada textura, cada nervio, cada pulso de su poderoso y robusto pene dentro de mí, creciendo e hinchándose. Lo sentía y lo adivinaba. Se avecinaba una explosión, un maremoto de sensaciones.

—No pares— susurraba al borde de la locura.

Yo seguí meneándome sin poder parar, restregándome en su pala tiesa hasta más no poder. De pronto, el estallido dio todo por concluido. Unos escasos segundos de placer supremo suspendieron el tiempo y caímos desplomados como almas felices.

Conversamos largo rato. Fue la primera vez que lo vi, pero espero que no sea la última. Lo hice esperar, yo acumulé estrés, él juntó ganas, así que cuando al fin nos vimos, la explosión, el desahogo, fue monumental. Delicioso.

Hasta el jueves

Lulú Petite

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