Soltó la tensión

Lulú Petite
03/10/2017 - 05:00
 

Querido diario: Fausto siempre me habla de películas y de series de televisión. Sabe que me gustan y eso hace más agradable la conversación. Podemos pasar un buen rato en la cama, desnudos, conversando. Cuando me encuentro con una persona tímida, aquellos que no saben cómo llevar una conversación con una chica, siempre les recomiendo que busquen un tema que dominen y, si a ella el tema la atrapa, hablen de él y la conversación fluirá. De preferencia temas ligeros: cine, farándula, deportes, libros.

Hoy me llamó y preguntó si seguía disponible.

—Claro —contesté—. Para ti siempre.

Estaba en su oficina. Lo supe porque justo en ese momento lo interrumpió una mujer, no sé si era su secretaria o una colaboradora, para preguntarle algo. Alcancé a escuchar la voz de la dama y a él bajar el teléfono y dar algunas instrucciones. Después de decirle lo que ella fue a consultar, se despidió de la mujer con un “nos vemos mañana, que descanses”.

—¿Sigues ahí? —preguntó cuando volvió a ponerse el teléfono en la oreja—. Disculpa.

—Nada que disculpar —respondí—. Acá sigo.

Era un poco tarde, supongo que por eso preguntó si aún estaba disponible. Al retomar la llamada me confirmó que estaba por salir y andaba con ganas de pasión. 

Nos vimos poco después en la habitación de un motel de Patriotismo. Tomé su cara con ambas manos y lo hice fijar sus ojos en los míos. Lo notaba estresado, preocupado. Nos besamos sin decir nada. Necesitaba soltar esa tensión.

Le desabotoné la camisa lentamente, acariciándole el pecho y llenando de besitos su rostro velloso, su quijada fuerte y definida. En eso me tomó por la cintura y me hizo sentarme en su regazo. Me abrazó muy fuerte, oliendo mi piel, disfrutando de mi aroma, de mi cabello suelto que le cubría el rostro.

Cuando lamí su cuello y empecé a deslizar mi mano hacia su pantalón, una especie de calor comenzó a emanar de su cuerpo. Me besó apasionadamente y me acomodó en la cama, quitándome el vestido y la ropa interior, con seguridad pero sin prisa. 

Me besó el pecho, acariciando con su rostro mis tetas, mis pezones sensibles como fuentes de electricidad, de cosquillitas. Fue trazando con su lengua un camino divino por mi cuerpo, cruzando en mi ombligo y buscando mi cintura, que mordisqueaba ansioso mientras redescubría mis piernas, la curvatura de mi monte de Venus, floreciendo ante él como un paraíso.

—Cógeme —le rogué dominada por el deseo.

Se colocó el condón despacito, anticipando las sensaciones, las caricias, los murmullos de nuestros cuerpos calentándose, rozándose y fundiéndose en éxtasis. Estiré los brazos por encima de la cabeza y Fausto me tomó por las muñecas y me penetró, enterrando su miembro hasta la base sin precipitarse ni excederse en esfuerzo.

Después de hacerle el amor, cuando nos acurrucamos a disfrutar un rato de la calma que sobreviene al orgasmo, en ese rato que generalmente usábamos para hablar de cine o series de televisión, me confirmó que venía muy estresado. Problemas en el trabajo, cansancio acumulado y días difíciles por lo vivido en todo México, estaba a nada de reventar. Pero en ese momento estábamos sacando todo, perdidos en los besos y el amor. Viviendo las declicias del sexo en tiempo presente.

Su vaivén fue deliciosamente rítmico. El empuje de su cadera me hizo estallar en humedad. Mi entrepierna se entregaba entera a la potencia de su pieza viril, adentrándose en mis profundidades. 

Sentí en su piel lo bien que se la estaba pasando, juro que podía escuchar sus pensamientos lejanos, hundidos en la calidez de mis atributos, en la forma como sus dedos recorrían mi cuerpo, cómo nuestras lenguas danzaban al unísono, cómo nuestras respiraciones agitadas se sincronizaban cada vez más, arreciando con cada una de sus arremetidas, su empuje animal, imparable. 

Nos arremolinamos entre las sábanas, nos abrazamos y nos comimos lentamente, gimiendo y palpitando bajo el mismo ritmo. 

Nos apretamos hasta el cansancio, hasta que se agotó el último vestigio de esa energía que nos une, ese halo de luz que nubló nuestras mentes por un breve pero inmortal instante y nos hizo olvidarnos de todo.

Besos, 

Lulú Petite

 
 
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