Gozo en mis sueños

"Me observé rasgando su espalda y él sin parar de penetrarme”
Anahita
20/07/2018 - 05:18

Una obsesión puede llevarnos a espacios surreales que involuntariamente aparecen frente a nosotros. Por un capricho, la imaginación se agudiza, aunque también el inconsciente proyecta historias y muchas veces hasta con sonidos, sabores y aromas, que llamamos sueños.

Y es al dormir cuando aparece esa escena lúbrica y delatora en la que mi antojo con cuerpo de hombre es la estrella principal. Mi obcecación me conduce a soñar con él sin poder reprimir mis instintos.

Una noche, en mi cama, me rendí al descanso y minutos más tarde comenzó la función. Después de la negrura, los colores fabricaron un paisaje donde había un camino verde que apareció bajo mis pies descalzos.

Pisé la hierba mojada, puntiaguda; el cosquilleo en mis plantas hacía más vívido el ensueño y seguí andando, hasta que, entre la bruma, apareció mi hombre obsesión como lo he imaginado siempre, desnudo, viril, sexual.

Desafié la inconsciencia y sin dejar de mirarlo, mi mano despierta e inquieta levantó el faldón de mi bata y subió por mis muslos. 

Quería que me viera, que me deseara, y al verme acariciándome, mi amante virtual estiró su brazo hacia mí, a la vez que su miembro respondía.

Así empecé a gozarme y él ahí, pidiéndome, queriendo que me aproximara a él en completa erección. Como un adonis, su cuerpo destellaba luz entre la niebla y su brazo como flecha apuntaba hacia mí. Mi mano ya estaba en mi entrepierna.

Bajé los tirantes de la prenda y mi palma descendió a mi pecho y al tiempo que hurgaba entre mis muslos, amasé mi teta acompasadamente, deleitando su imagen y mis propios escarceos. Su brazo descendió rendido y decidió caminar frente a mí.

Con los dedos ya en mi carne y la otra mano sobre mi seno, mi caballero fetiche me encaró desafiante, interrumpió mi magreo y puso mi palma en su falo, conduciéndola de arriba hacia abajo, acariciando suave, para volver a subir y recorrerlo completo.

Mi pulgar suavizó su puntita mojada, al mismo tiempo que gozaba yo misma del jugo que salía de mi hendidura, y sin soltar su trozo, me acerqué a su cuerpo y coloqué sutilmente su obelisco entre mis piernas; rozando mi raja, lo apreté y empecé a mover mis caderas de adelante hacia atrás.

El contoneo fantasioso se reveló sobre mi cama; entre el sueño y la vigilia, mi cara rozaba la almohada y mi pubis se restregaba en el colchón. No quise abrir los ojos, y durante mi autocomplacencia, volví a mi quimera.

Mi amante ansiado me agarró de las nalgas y me correspondió con los mismos movimientos. Mi vulba punzaba codiciosa de que entrara de una vez por todas, y en un meneo sorpresivo, en gancho me ensartó su hierro y bombeó una y otra vez sin soltar mi trasero.

Ágil, me acostó sobre el cesped y me poseyó como un dios al que se le ha permitido la concupiscencia. Mi visión se elevó como un ágila hasta el cielo y admiré su humanidad encima de la mía y entre mis piernas bien abiertas.

Me observé en desenfreno rasgando su espalda y él comiéndome el cuello sin parar de penetrarme, revolcándose de placer, restregándose de lujuria. La nubes matizaban la imagen que yo tenía de nosotros mismos sin borrar totalmente el verde de la hierba.

El orgasmo me regresó a mi cuarto. Mi boca estampó un alarido en la almohada y mi mano dio el último vaivén sobre mi sexo, a la vez que el oleaje movía mi cuerpo revolviendo las sábanas.

Boca abajo, descansé sonriendo y pedí que algún día mi sueño se parezca un poquito a la realidad.

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