Del orgasmo al olvido

"Trabados por los sexos, sus gemidos eran plegarias”
Anahita
12/10/2018 - 05:18

Liliana Rodríguez 

Despeinada, confundida, con el rímel corrido hasta los pómulos y el sol centelleante en su recámara, Maciel volvió a la vida tras una noche de llanto y sexo.

Le dolía todo el cuerpo. Un dolor placentero. Ese que es vestigio de la dulce contienda en la que después de los jadeos, esta vez, hubo lamentos.

Al mismo tiempo que con un puño restregaba sus ojos, embarrando aún más el maquillaje, con la otra mano tentaba el espacio a su lado en el que Emilio no estaba, dejándola dormida y dolorida.

Se incorporó de la cama, un tirón recorrió su entrepierna y un calambre, el abdomen, por las tantas convulsiones que la poseyeron cuando él la penetraba, mientras repetía cuánto la amaba.

Un espeso pinchazo le contrajo la vulva y, con la palma, lo acalló sobre la tela de la pantie, la cual no supo por qué la traía puesta. Vio que estaba limpia, que no había rastro de jugos, tras la colisión.

Extrañada, notó que era otra prenda y no la que llevaba anoche, cuando al entrar Emilio a su cuarto, él le arrebató de su cuerpo, al igual que un puñado de insolentes besos.

“¿Por qué regresaste?”, le decía Maciel una y otra vez, mientras Emilio le quitaba el camisón luego de que corrió las cortinas del ventanal para ver las luces de la ciudad que tanto adora y que no vería más.

“¿Por qué regresaste?”, volvió a reclamarle entre balbuceos, pues la boca viril estaba sobre la suya, indefensa. Él sólo sabía de lamidas y succiones por donde iba desnudándola.

Mientras ella le ofrecía su cuello, también quería quitárselo de encima en una frenética contradicción de desear y no. De amarlo y no. Pero su fuerza era nula ante las manazas de su idolatrado energúmeno.

Y con una de ellas le separó las piernas, sometiéndola con su otro brazo, se bajó la bragueta y su pene saltó rígido y punzante. Se zafó la playera, chocó su tórax contra los senos y se clavó en su entraña, exhalando belicoso.

De ella salió un gemido seco y se miraron con ojos explosivos, atormentados,  Emilio comenzó a empuñar su falo dentro, fuera, dentro…

Las uñas coral se incrustaron en su espalda y él sonreía de placer con jadeos de victoria, al tiempo que la penetraba lujurioso. Y volvía a engullir sus labios, su lengua…

En un tambaleo, los cuerpos cayeron al colchón, él le agarró las muñecas y la atravesó indómito otra vez. Maciel se revolcaba en su propia incoherencia de intentar escapar y desear que eso no acabara jamás.

Trabados por los sexos y las bocas, se envolvieron uno en el otro y sus gemidos eran plegarias, hasta que reventaron en orgasmos y luego, en llanto, hasta que se quedaron dormidos.

Ella nunca pudo competir con otra mujer y un bebé en camino. Emilio tampoco. Y él antes de irse con ellos, abrió un cajón, tomó una pantie y vistió ese pubis dolorido, tras besarlo adorador.

Maciel recordó todo y lloró otra vez, se dirigió a la ventana y ahí, por fin, se despidió de Emilio, manchando de agua y rímel el cristal.

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